viernes, 3 de octubre de 2008

R. Descartes - Meditaciones Metafísicas.

El principal objetivo de las Meditaciones Metafísicas de Descartes consiste en el estudio y demostración de la existencia de Dios y del alma, ya que “muchos impíos si no quieren creer que Dios existe y que el alma humana se distingue del cuerpo no es por otro motivo que porque, según dicen, esas dos cosas no han podido hasta la fecha ser demostradas por nadie”. Para ello utilizará el sistema filosófico cartesiano (Método Cartesiano) que fue introducido en su obra “Discurso del método” (1637); este método consiste descomponer todo en naturalezas simples, de forma que el conocimiento se efectúe por intuición directa del espíritu -de ahí la necesidad de fragmentar toda cuestión en sus elementos más sencillos y últimos- y de reconstruirla luego con los mismos elementos, esto es, con las mismas y primarias evidencias. Toda verdad se compone, por lo tanto, de evidencias originarias, simples e irreductibles, o bien de nociones relacionadas con las mismas.

Es también necesario aclarar que el autor extiende este método, propio de las matemáticas, a todos los dominios del conocimiento, todo cuanto se conoce, debe ser conocido por este método deductivo. Descartes tiene la certidumbre de que ningún principio de la filosofía anterior, establecido como absoluto y seguro, resiste la prueba de su método.

Es por esto que en la Primera Meditación, el autor plantea el reconocimiento del error. La tarea previa es deshacerse de sus opiniones falsas para renovar el saber y librarse de los prejuicios que durante su vida se formaron en él a fuerza de costumbre. Es por ello que su estrategia principal consistirá en rechazar todo aquello que ofrezca duda, pues decide no precipitarse y no admitir como certeza nada más que aquello que se presentase como idea clara y distinta en su mente. Si todo es inseguro y dudoso, hay que buscar una certidumbre, puesto que hay la posibilidad de que todo su saber (incluso las matemáticas) sea engañoso.

Es de esta forma como considera que su primer motivo de duda son los sentidos, pues “éstos engañan de vez en cuando y es prudente no confiar nunca en aquellos que nos han engañado aunque sólo haya sido por una sola vez”

Un segundo motivo son los sueños, ya que lo que acaece en ellos no es claro y distinto, y tampoco es posible distinguir con claridad entre el sueño y la vigilia. Ante esto, se dice que tanto las imágenes fantásticas corno las verdaderas son posibles gracias a otras cosas más simples y universales (las ideas innatas) y que las ciencias que no tratan de cosas simples (las empíricas) son dudosas e inciertas, al contrario que la aritmética y la geometría, cuya verdad es independiente del estado de conciencia (dormido o despierto).

El tercer motivo es la idea de estar siendo engañado constantemente por Dios, haciéndolo errar a propósito. Suponiendo que no hay un Dios verdadero sino un genio maligno, la realidad exterior y el mismo sujeto que duda y piensa son mentira. Éste sería un genio todopoderoso cuyo empeño sería engañarlo: El aire, el suelo, todos los seres físicos, los sonidos, etc., no son sino sueños, ilusiones, espejismos creados por el genio. Todo sería falso e inexistente a excepción de la mente que piensa y no sabe que es imaginario el material de sus pensamientos. Pero Descartes, de cierta forma, nos hace libres del tal genio: porque podemos plantearnos la existencia del mismo y de su falacia

El autor nota que las dificultades de la duda son, en general, el peso de las viejas opiniones (basadas en los sentidos), frente a lo que propone fingir que las viejas opiniones son falsas hasta que dejen de influir en la razón, lo que permite disponer el espíritu contra la falsedad y la pereza.

Ya en la segunda meditación Descartes nota que si es capaz de pensar y dudar es imposible que no ‘sea’: “yo soy, yo existo”. Pero, aunque es cierto que 'yo soy', hasta este punto no se conoce en qué consiste este ser o existir. Así es como el autor examina y rechaza sus antiguas opiniones acerca de lo que creía ser, diferenciando finalmente dos aspectos de su ser: el cuerpo y el alma.
No se sabe, ciertamente, en qué consiste el alma, pero sí el cuerpo (aquello que puede ser delimitado por una figura), aún así, no es posible saber “qué soy yo” sin antes haber definido el alma.

A la primera conclusión que llega Descartes es que “yo soy, yo existo” significa que “soy una cosa que piensa”, pues el único atributo que no precisa de la existencia corpórea y que, por tanto, es exclusivo del alma, es el pensamiento. Pero ¿es algo más que ‘pensar’? El autor dice que esto no se puede saber con certeza, pues tendríamos que suponerlo, fingirlo o imaginario – y este modo de conocer no es seguro: procede de los sentidos y de las cosas corpóreas cuya existencia aún no ha sido probada.

Frente a esto pone el ejemplo de la cera derretida y aduce que una vez separado cuanto se sabe de ella a través de los sentidos, el entendimiento descubre clara y distintamente que sólo es un cuerpo extenso. Es por esto que se sugiere que conocemos la verdad a través del pensamiento y no de los sentidos.

En la Tercera Meditación Descartes busca las bases de la existencia de Dios especificando que de los pensamientos pueden provenir afecciones o ideas, y que sólo estas últimas conciernen a la verdad. Es por ello que se dedica a investigar el origen de las ideas, llegando a comprender que la realidad objetiva y formal de las ideas y los objetos que representan requieren, igualmente, de una causa proporcionada: no es posible que algo proceda de la nada, y aunque unas ideas nazcan de otras este proceso no puede ser infinito – debe existir una causa primera.

Ante esto descubre que la idea de Dios sólo puede haber sido puesta en el sujeto por un ser más perfecto: El sujeto no es autor de su ser, no procede de la nada y no es eterno, luego, depende de un ser diferente a él; tampoco puede proceder de una causa menos perfecta que Dios, ni de la concurrencia de varias causas juntas, ni tampoco de sus padres. Descartes concluye que la substancia pensante ('yo mismo') no podría existir si no hubiera Dios y con ésta causalidad es que queda demostrada su existencia.

La idea de Dios equivaldría al 'sello' que todo creador imprime a su obra. La existencia de Dios demuestra también la naturaleza espiritual del hombre. De la existencia y de su idea se deduce que no puede ser engañador y es esto mismo lo que permite mantener la fe en la inmortalidad del alma.

2 comentarios:

Luis Alejandro Bello Langer dijo...

No es por contradecir al bien intencionado de Descartes...pero reducir el entendimiento de la realidad a la mirada matemática puede dar resultados tergiversados o desconectados de la realidad.

Aparte que igual hay subjetividad...¿quién plantea lo que es error y lo que no es prejuicio? A veces, son las dudas las que permiten los avances en cuanto a la toma de riesgos. Supongo que los pensamientos se toman por el hecho de existir, independiente de lo alterados que puedan estar.

Y acerca de la idea de un dios como creador...bueno, aún en tiempos de un renacimiento intelectual negar la existencia de la divinidad cristiana era muy mal visto. De que hay algo superior, lo hay...pero establecerlo como causa divina de nuestra existencia, hay un trecho.

Saludos afectuosos, de corazón.

Anónimo dijo...

luis alejandro, si quiere ver una concepcion bastante clara de Dios, muy relacionada con la de Descartes, lea la etica demostrada segun el orden geometrico de Spinoza, se dara cuenta que es una concepcion de Dios, apartada de toda fe religiosa, talvez Descartes fue muy prudente al ofrecer esa concepcion de Dios, por la epoca en la que vivio, donde apartar a Dios de la religion, era en cierta forma condenarse y serr condenado por la iglesia.